Educar: nadando a contracorriente

mayo 17, 2018

Para la familia Pasteur siempre es un honor recibir a un especialista en el ámbito de la educación. Mucho más cuando saben transmitir sus conocimientos de un modo tan asequible como Pilar Muñoz Herranz. Esta psicopedagoga es experta en labores de diagnóstico, trastornos infantiles, terapia familiar y formación de docentes. En concreto, al Pasteur ha venido recientemente a hablar sobre modificación de conducta.

Se presenta a sí misma como una ponente distinta. “No soy una ponente imponente”, dice divertida. Y a partir de este momento nos va racionando su conferencia en pequeñas dosis de humor y verdad, la que ha ido descubriendo a lo largo de sus años como docente y terapeuta. “Esto va a ser una especie de bufé libre: un lugar en el que cada uno coge lo que necesita, lo que espera. Cada padre, cada profe… cogerá una cosa que necesite”.

Se abre el gastrobar

La charla de Pilar Muñoz, a la que ella misma bautiza como un “gastrobar”, no se le hace aburrida a nadie. Ninguno de los allí presentes queda indiferente con el paso de los minutos. La experta es directa y franca, sabe que lo que dice puede “escocer” un poquito.

Va tomando y mostrando diversos artilugios para acompañar sus explicaciones. Se pone una bata quemada para entrar en harina: “Los adultos estamos quemados y lo que nos pasa es que no lo sabemos. Alrededor de nuestros hijos huele a chamusquina. Son ellos quienes sufren las consecuencias del quemado”.

Lejos de usar esa bata quemada, lo que hay que hacer es aplicar la lucidez cuando educamos: “Queridos padres, no podéis tener unas ideas y luego resultar contradictorios. No podéis pedirles que no digan palabrotas y luego chillarlas vosotros en medio de un atasco”.

Las gafas del YO

La siguiente metáfora es más gráfica todavía: la de las gafas del YO. “Los niños llegan al cole con esas gafas puestas. Y en el cole descubren que ahí, además del YO, hay un TÚ. Quitar esas gafas es muy difícil. Y más en niños que han sido criados en una sociedad opulenta y narcisista… ¿Puede ser que a lo mejor los padres también tenemos puestas las gafas del YO? Ahí lo dejo…”, expone sin tapujos.

Cuando llegan al colegio los niños deben aceptar unas normas. Desde luego, cada niño llega a la vida con una serie de capacidades: unas más grandes, otras más pequeñas. “A veces, algunas de estas capacidades parecen no gustar a los adultos. Pero, sin embargo, bien llevadas son buenas, como el liderazgo”, señala. Y advierte una clave importante: “Modificar conductas también forma parte de la corrección. Pero el repertorio de modificaciones tiene que ser conjunto entre padres y profesores”.

Riesgos de nuestra sociedad

Pilar Muñoz abarca más tarde algunos riesgos que se corren al escolarizar a los hijos en determinados centros: “En esta sociedad hay muchos colegios que, para vender mejor su producto, se saltan pasos evolutivos. Entonces, sin poder evitarlo, el niño empieza a dar disgustos. También ocurre a veces que terminan funcionando como la manzana de Blancanieves. De presencia están muy bien, hablan genial inglés… pero son inmaduros”.

Muñoz advierte también de la modificación silenciosa a la que somos sometidos todos por acción de distintos agentes sociales: la publicidad, los políticos… “El comportamiento humano hunde sus raíces en el pensar, el sentir y el actuar. A un niño pequeñito hay que decirle que no. Hay que atajarlo por la parte del actuar”.

La cosa cambia cuando los niños van creciendo. Entonces hay que intentar modificar sus conductas desde el pensar y el sentir. “Hijo, si sigues por este camino te vas a encontrar con unas consecuencias y te vas a frustrar”. Y añade: “Si los hijos os echan un órdago: vedlo”.

Educar: nadar a contracorriente

Uno de los grandes problemas que se viven en la actualidad es que las tres instituciones que antiguamente modificaban la conducta (padres, profesores y legisladores) convergían. “Pero hoy en día educar es nadar contracorriente como los salmones”.

Según la experta, ahora tienen más potencia como modificadores de conducta “los iguales, las redes sociales, la televisión y los videojuegos”. Y peor aún: “Antes la tenían los iguales del barrio. Ahora la tienen los iguales de Singapur”. El peligro es enorme: juegos con tendencias suicidas que vienen desde Rusia, retos de autodestrucción… “Alguien se cuela en una red social que usa nuestro hijo, se hace pasar por un igual, toca en su parte del sentir… y lo modifica”.

Lo bueno es que “nosotros seguimos teniendo la sartén por el mango”. Lo malo, “que hemos desistido”. ¿La clave? “Que nos vean como autoridad moral, porque entonces saldrán adelante”. Cierto es que, dice Muñoz, las instituciones sociopolíticas han dejado de darnos estrategias. Pero no caigamos en la triada “padres blandiblú-niños justicieros-profesores depresivos”.

Qué debemos modificar en nuestros hijos

Empecemos por el principio: ¿sabemos lo que queremos modificar en nuestros hijos? “Sus deseos, sus necesidades, sus impulsos y sus percepciones. Pero, por favor, no carguemos al niño con nuestros deseos de que vaya a la Universidad de Stanford, con nuestras necesidades de descansar en un resort, con los impulsos que nos llevan a ser incoherentes, y con nuestras percepciones”. Hay que tener especial cuidado con estas últimas, porque si percibimos que un niño puede ser un desastre, al final lo vamos a tratar según lo que esperamos de él.

Para modificar una conducta debemos saber también en qué dirección actuaremos. Se puede aumentar-implantar una conducta (enseñar a leer a un niño, y cuando ya sabe leer, lograr que lo  haga cada vez mejor); mantener una conducta (por ejemplo, la atención de un niño en clase con actividades muy definidas y cambiantes), o disminuir-extinguir una conducta (hay que extinguir la violencia y disminuir la agresividad).

Normas claras, observables, razonables, no burlables

La clave está en asentar una normativa clara (precisas, que no genere confusión), observable (controlable), razonable (que puedan cumplir) y no burlable (aunque con el castigo se castigue el propio adulto que impone la norma).

Y una cosa que hay que tener clarísima es que “solo se dan las órdenes dos veces. A la tercera corres el riesgo de convertirte en el pregonero del pueblo. No hay que negociar. A la tercera es mejor ignorar al niño. Retirarle la mirada, por ejemplo, es un órdago. Los niños terminan diciéndote que los mires”.

Pilar Muñoz concluye su conferencia con un vídeo impactante. Un niño caprichoso cuyos deseos son siempre materializados por la madre, lo que finalmente supone una brecha matrimonial. La experta advierte del peligro y anima a los presentes a nadar como los salmones, a contracorriente.

 

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